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Los mosaicos bizantinos que decoran las paredes de Santa Sofía conviven con los grandes medallones islámicos como los kurdos y los turcos europeístas comparten esta ciudad. Las piedrecitas que componen estas imágenes cristianas se conservaron al convertirse la basílica en mezquita. No se destruyó nada, solo se añadieron cuatro minaretes y algunos motivos islámicos. Esta filosofía de la conservación es la que ha permitido que Estambul sea hoy un crisol de religiones y culturas, de monumentos y respeto entre pueblos.
Una ciudad de luz, de ruido, de gentes paseando por Istuklal Caddesi. De chicas en minifalda y de llamadas a la oración. Un lugar al que llegamos con la emoción de una nueva aventura y del reencuentro con viejos amigos. De lo nuevo y lo viejo, de lo ajeno y lo cercano. Pero tras cinco horas de vuelo, el Mediterraneo nos esperaba en el aeropuerto.
Siempre he pensado que nuestra cultura al sur de España está más cerca de los pueblos que baña el Mare Nostrum que de aquellos países nórdicos con los que compartimos asiento en la Unión Europea. Salir a cenar con un alemán significa un reparto proporcional de la cuenta según la cantidad de pescado ingerido por el individuo. Sin embargo, un turco se enfadará si el invitado intenta pagar su parte. Una hospitalidad nada fingida y que hace que el extranjero se sienta arropado por la ciudad y sus ruidosas gentes.
Ese carácter mediterráneo es un problema cuando se trata de la vida práctica, como los transportes o las compras en el mercado. Regatear es un ritual sagrado y necesario. Los turistas rubios deben practicar este arte ya que los pillos tenderos tratarán de venderle un imán un 500% más caro que a la morena de su lado.
Aunque esta parezca una actividad de fondo, los mercados de Estambul son unos de los lugares que más me cautivaron de la ciudad. Olores, colores y gente que va y que viene. Un laberinto de emociones que golpean constantemente los sentidos. Un derechazo de alfombras. Evito a un vendedor que en español pregunta si soy japonesa. Por la izquierda una de té y pulseras. Solo a la salida del Gran Bazaar o del Mercado de las Especias el estado de embriaguez empieza a disiparse dejando en el paladar un sabor a albahaca y canela. Tras un café turco en la calle de los Argelinos el ánimo estaba cambiado, y el tercio también. Un bar bohemio, una guitarra y la lectura del futuro en los posos del café. Una pasarela por la que cruzamos a los bares de moda de Taksim, el centro moderno de Estambul. Los amantes de la instantánea pueden tomar el segundo café en el Restaurante de Ara Gülar, uno de los mejores fotógrafos del siglo XX.
Tras la primera toma de contacto con la cultura turca y sus costumbres, nuestro segundo día lo dedicamos al turismo monumental. Pasamos la mañana entre Santa Sofía y la Mezquita Azul, dos obras arquitectónicas que recuerdan a los periodos de Picasso, la primera rosada y la segunda azul. Este valle de color se terminó cuando el sultán Ahmed I quiso desafiar la belleza de la basílica contruyendo la única mezquita con seis minaretes de la ciudad. Las pesadas cúpulas de la Mezquita Azul se sostienen por cuatro columnas y la sobriedad de la piedra exterior contrasta con la luz que las lámparas proyectan sobre los azulejos de tulipanes típicos de Izmir. Y es que, aunque los tulipanes se asocian a Holanda, el vocablo viene del persa y Turquía ya los cultivaba en el año 1000.
Cerca de estos dos templos nos sumergimos en las Cisternas de la Basílica. Una cisterna que proveía a la ciudad de agua en caso de que atacaran al Acueducto de Valente. Aunque se construyó en el mismo siglo que Santa Sofía las columnas son romanas de estilo corintio, ya que se las trajeron directamente de la Anatolia. Además de tener capacidad para almacenar casi 10.000 litros de agua, sirvió como escenario en una película de James Bond, Desde Rusia con amor.
Una tarde de palacios nos lleva por Topkapi y Dolmaçe. Topkapi se compone de varios edificios; al igual que la Alhambra cada sultán construyó el suyo. Desde Mehmed II hasta Abdulmecid, Topkapi era la residencia oficial de los sultanes y el centro administrativo. Sin embargo, este último se trasladó a Dolmahçe, un palacio estilo europeo que rompe con toda la tradición arquitectónica y ornamental tan rica del imperio turco.
La rapidez con la que cambiamos de ser turistas a ser viajeros es la misma como con la que los habitantes de Estambul saltan de uno a otro continente. Europa y Asia se hayan unidos por un puente que cambia de color y por multitud de barcos que ofrecen una cena típica turca, pescado y Raki. Sin embargo, nuestro bajo presupuesto nos llevó a disfrutar de este manjar en una restaurante con música tradicional en directo y donde todos los comensales, todos turcos, terminaron bailando sobre las mesas.
Domingo, aunque el día de oración sea el viernes para los musulmanes, es un día de descanso. Una larga caminata por el paseo marítimo y un té frente al mar para aspirar el aire salado antes de volver a la rutina, a la vida subterránea de Madrid. Conversaciones en las que planeamos cuando volveremos a vernos y en las que tramamos cómo arreglar el mundo. Aunque nuestra conclusión siempre es la misma, el mundo se cura viajando.
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