Siempre se ha dicho que las artes escénicas viven en una constante crisis, pero el panorama actual nada tiene de superfluo ni de referencia a refranero. Numerosas compañías y teatros comienzan a asfixiarse por los recortes a la cultura, y los impagos de cada vez más ayuntamientos, endeudados hasta los dientes, hacen insostenibles las giras, verdaderas amortizadoras de la producción de los montajes.Si existe un nuevo Lope de Vega, será como decía Leo Bassi, un camarero que sufraga con su sueldo los ensayos de una obra destinada a estrenarse en una casa okupa. A mucha honra sí, pero debido a un contexto de empobrecimiento profesional que ya ha comenzado a poner en riesgo el talento y carácter creativo que, paradójicamente, sobra sobre las tablas españolas.
Si hablamos de Tony Bernetti, de Carlos Rivera o de Jordi Coll, lo más seguro es que, de primeras, el lector no tenga ninguna idea de quién son estas personas; es más, es probable que ni siquiera le suenen los nombres. Pero, ¿y si hablamos de Berger de Hair, de Simba de El Rey León o de Danny de Grease? Ahí es cuando se nos enciende la bombilla y algunos afortunados descubren que pueden incluso ponerles cara. Pero ¿de dónde salen estos actores? ¿Qué es lo que hay que hacer para acabar de protagonista en algún musical de la Gran Vía madrileña? Los estudios de Bellas Artes y las clases de canto y danza suelen ser requisitos indispensables en este mundillo, pero además muchos aprovechan sus años de juventud para coger tablas en los llamados grupos de teatro 'de aficionados'.
En un lugar de la Mancha de cuyo nombre me acuerdo cada verano desde que tengo uso de razón, habitarán durante casi todo el mes de julio más de cuarenta compañías inundando con sus representaciones todos y cada uno de los rincones de la humilde villa manchega. Almagro volverá a ser, del 5 al 29 de julio, el sitio en el que todo el mundo pensará cuando cite a Lope, a Calderón, incluso a Shakespeare. Viajaremos mentalmente hasta allí cada vez que disfrutemos de los clásicos. El gran referente de la cultura barroca española y su teatro llega a su XXXV edición. Un total de 54 autores, 38 de ellos contemporáneos, se verán sobre las tablas de los 13 espacios.
El público de la Rusia zarista que en 1836 asistió al estreno de El inspector, la obra de Nikolai Gógol, quedó tan conmocionado que sus reacciones de estupor e indignación inspiraron al escritor para escribir la pieza A la salida del teatro. En cambio, los espectadores que estos días acuden al Valle-Inclán de Madrid para ver la adaptación de Miguel del Arco de este clásico salen relajadísimos. Probablemente, porque ellos ya estaban indignados cuando entraron al teatro. Bueno, y porque este montaje del Centro Dramático Nacional es un festival de mordacidad y risa. Una risa noble y profunda que, como dijo el propio Gógol, es “el único personaje honrado” de esta comedia.
Luces y sombras del Ballet del Gran Teatro de Ginebra
La línea entre la luz y la sombra es demasiado fina. El fulgor del claro-oscuro que describe nuestras vidas es una constante dibujada de armonía. Esta dualidad se hace movimiento en la última obra del Ballet du Grand Théâtre de Genève a través de dos coreografías; Transit Umbra –La sombra pasa-, Sed Lux Permnet –Pero la luz permanece-. Philippe Cohen, director del Ballet du Grand Théâtre de Genève, ha seleccionado magistralmente las dos piezas musicales que nos trasladan a esa dicotomía entre luz y oscuridad que rige nuestras vidas.
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