El público de la Rusia zarista que en 1836 asistió al estreno de El inspector, la obra de Nikolai Gógol, quedó tan conmocionado que sus reacciones de estupor e indignación inspiraron al escritor para escribir la pieza A la salida del teatro. En cambio, los espectadores que estos días acuden al Valle-Inclán de Madrid para ver la adaptación de Miguel del Arco de este clásico salen relajadísimos. Probablemente, porque ellos ya estaban indignados cuando entraron al teatro. Bueno, y porque este montaje del Centro Dramático Nacional es un festival de mordacidad y risa. Una risa noble y profunda que, como dijo el propio Gógol, es “el único personaje honrado” de esta comedia.
El amor vende y más si está aderezado con celos, cuernos, secretos inconfesables y grandes dosis de humor. Esta receta la conoce bien la compañía Muaca Teatro que ha encontrado en Carnívoros el elixir idóneo para encandilar al público. Tales han sido los poderes de seducción de esta resultona comedia de enredos que, tras dos años de éxito dentro del circuito de teatros alternativos, ha emprendido el vuelo para aterrizar de lleno -el pasado 25 de abril- en el número 66 de la Gran Vía.
Un detective comiendo tortitas de arroz junto a un cadáver cubierto con una sábana y la constante presencia de música barroca abren la escena de Mundos posibles, una nueva visión sobre los límites de nuestra imaginación y de la realidad. Una nueva perspectiva para trastocar nuestra identidad a través de la novela negra, la ciencia ficción y el amor.La investigación de un asesinato transformado en un caso de robo de cerebros nos presenta al recientemente fallecido George, un hombre convertido en rata de laboratorio que viaja entre los universos paralelos y la doble personalidad en una multiplicidad de vidas que mantienen un único punto en común; encontrar en cada una de ellas a su amada Joyce.
“No sé si reírme o echarme a llorar”. Una sensación tan humana como necesaria, que nos lleva a la carcajada frente a la mayor de las tragedias. Un sentimiento tan inevitable como antiguo. Éste parece ser el leiv motiv de Declan Donnellan y Nick Ormerod (los fundadores, en 1981, de la compañía britanica Cheek by Jowl) en su última producción, ‘Tis Pity She’s A Whore (Lástima que sea una puta) que se representó en el Matadero hasta el pasado sábado. La obra vuelve a ser un clásico, pero esta vez los ingleses no han escogido a Shakespeare, sino a un autor mucho menos conocido, John Ford (y me refiero al escritor Jacobino, no al director de cine americano) para poner en escena un drama de pasiones, incesto, asesinatos, chantajes… y amor. Porque hay amores que matan.
“El teatro está muy mal, hay muchas salas que si no han cerrado lo están pensando”. Impagos de Ayuntamientos, incapacidad para hacer frente a la Seguridad Social de los actores y al mismo tiempo asumir los gastos de una obra de teatro, escasez de subvenciones o mal planteamiento de las existentes… Son algunos de los obstáculos a los que actores y directores de teatro, como Raúl Molina (Madrid, 1980), tienen que enfrentarse día a día. La situación del teatro independiente en la capital no es buena, pero en realidad nunca lo ha sido.
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