Hace unos años comer en un buen japonés era un placer que sólo podían disfrutar con frecuencia los bolsillos más pudientes. A eso había que añadir el desconocimiento que existía sobre alguno de los clásicos de la comida del país del sol naciente. Ahora, propuestas como las del restaurante Oishii acercan el arte culinario nipón a los paladares en crisis, inexpertos o que simplemente quieren descubrir a qué sabe Oriente. Con tres sedes en Madrid, Oishii no sólo ofrece un menú variado, sino que también se postula como la perfecta introducción ante este tipo de comida internacional (su carta incluye un pequeño glosario que explica todos los términos que pueden ser desconocidos).
Todos asociamos las hamburguesas a la comida estadounidense; pero pocos saben que su origen está en los soldados mongoles y tártaros; quienes ponían filetes de carne bajo las monturas de sus caballos mientras cabalgaban, para así aplanarlos y comer después la carne cruda. Esto es lo que nos aseguran en The Burguer Lab (San Joaquín, 5) un pequeño restaurante que lleva menos de un año en el barrio de Malasaña donde el concepto de hamburguesa no va unido a los de colesterol, desechos de carne, ni falta de sabor.
Parece que ha pasado una eternidad desde que las panaderías eran simples establecimientos que se limitaban a vender escuetas pistolas. Aquellos tiempos han quedado ya casi en el olvido. Ahora los tradicionales hornos de pan se han transformado en santuarios de sibarita y paladares exigentes que han convertido un alimento tan cotidiano como el pan en todo un capricho gastronómico.
Nada más entrar, el abrupto cambio de ambiente nos advierte de que ya no estamos en España. Hemos dejado atrás la madrileña zona de Huertas, y a cada paso que ‘viajamos’, subimos un poco más en el mapa de Europa. Una débil luz nos recuerda otra vez que nos encontramos a más de tres mil kilómetros del bullicioso mediterráneo y su jaranero sol. Ahora sí, hemos llegado: sentados en el níveo sofá del restaurante Lounge Bar Ølsen, cada plato de la carta parece acompañado de su atmósfera natural, la escandinava.
Cuando vives en un pequeño pueblo de provincia te quejas porque estas obligado a pasar la tarde en los conocidos y monótonos bares de siempre y ¿cuando vives en una gran ciudad como Madrid? Elegir entre miles de bares y restaurantes igualmente atractivos puede convertirse en una misión imposible. Es lo que pasa cuando paseas tranquilamente por Malasaña, en pleno centro de la movida madrileña, en compañía de tus amigos o tu novio/a y llega el momento de la fatídica pregunta: «¿Donde vamos?». En ese preciso instante lo que antes había sido un tranquilo paseo entre amigos se convierte en una ruidosa pesadilla.
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